
Y quizás, las mayores víctimas, aquellas que resultarán psicológicamente dañadas para el futuro, son los destinatarios de nuestro más puro afecto: Los hijos. Ciertamente, no lo hacemos a propósito, ni con el deliberado propósito de utilizarlos, pero lo hacemos. Sin embargo, pocos nos damos cuenta que ellos, en su infinita sabiduría, nacida de la inocencia, lo perciben. Solemos tomarlos como rehenes, botines de guerra, cuando no los "culpamos" por lo ocurrido. Ensimismados en nuestros rencores, pesares o privaciones, pocas veces advertimos la profunda huella que podemos dejar en ellos. Poco y nada sabemos ( y a veces ni ellos mismos hasta llegar a edad adulta) del temor a amar incondicionalmente, la distorsionada imagen del matrimonio y el desenvolvimiento normal y esperable, ante toda relación afectiva, laboral y social, que las continuas reyertas bajo el techo conyugal, les pueden provocar. O que, vivir a la sombra de la violencia, criarse en medio de ella, puede tornarlos violentos, irascibles y hasta antisociales. Como siempre, al escribir estas líneas, evoco situaciones vívidas aún, situaciones del pasado, propias o ajenas y que, sólo recordarlas, me provocan estremecimiento. Pero, vayamos más adelante: El divorcio o la separación es un hecho consumado. Sin importar el factor desencadenante, se dividen los bienes, se establecen los derechos y deberes de cada uno y por supuesto, se otorga la tenencia de los menores. Es entonces cuando, el que obtiene la custodia, de resultar ser quien sufrió la caída económica,el "abandonado/a" por el otro cónyugue, u otra situación crítica, tiende a agudizar esta suerte de "victimización", a partir del propio sentido de abandono, desdicha o paradójicamente, de víctima.
Humanamente y en especial, en los albores del problema, la confusión de roles - lógica consecuencia de un rotundo cambio en el ritmo de vida ( para internarse en otro totalmente distinto) -, resulta practicamente inevitable. El individuo adulto se siente "expulsado de su hábitat" ( hogar, trabajo, ocupación, nivel económico) y tiende a buscar explicaciones ajenas a su persona, cuando, las más de las veces, reposan en sí mismo, cuando no en la pareja, junto a la cual, trajeron al mundo uno o más hijos, con y por amor. Y esa angustia, frustración, duelo interior, por mucho que intentemos disimularlo ( cuando lo intentamos), los contamina y atrapa. Si nosotros no podemos asumirlo, como podrían ellos? Cómo podrían ellos absorver y racionalizar tales sentimientos, si hasta para sus padres,resulta harto difícil, aceptar la propia responsabilidad, ante lo que les causa un infinito e irremediable dolor.?
Luego, en general, aunque no necesariamente, sigue la furia, el resentimiento u odio, dirigido al cónyugue que se quedó con todo, inclusive "nuestros hijos".
En la búsqueda de una autojustificación, los afectados suelen armar historias fantásticas. Tienden a incorporar terceros, que quizas nunca existieron, "recuerdan" episodios que "no entendieron en su momento" y hasta llegan a convertirlos en claves en este dramático desenlace (?). Se encierran obsesivamente en "tardías revelaciones" que, de haberlas reconocido antes, habrían evitado el derrumbe.
Sería el momento para AFERRARNOS CON TODAS NUESTRAS FUERZAS AL INCONDICIONAL AMOR DE NUESTROS HIJOS. Pero no. La invasora "catástrofe", nos obnuvila y, en lugar de aprovechar nuestros cortos momentos con ellos, para darles y recibir todo ese amor, los hacemos o intentamos hacerlos "cómplices" de nuestra desgracia, olvidando que ellos, están más confundidos que nosotros, que sufren más. Que han entrado en una suerte de "shock", al pasar de una familia unida, comodidades, seguridad, a carencias incomprensibles y padres separados. Nuestra rabia, odio o como se llame, nos lleva a indisponerlos hacia el otro padre/madre.
Suelen brotar comentarios como "Mira lo que me hizo tu padre/madre!!!!!", "Viste que el/ella me echó!!!!", "Yo no merecía esta traición", etc. O, más suavemente, pero no por eso menos traumático "El/ ella, no tiene la culpa, es la influencia de.....( suegra, suegro, cuñados, hermanos, etc.)" .
Egoísmo, despecho, sed de venganza o simplemente vergüenza, nos mueven. Triste, muy triste, en verdad. Triste la visión de aquél "fugaz" amor que ofrecemos a nuestros hijos.
Se busca en el otro/a, la culpa de nuestro/as desgracias, negligencias, irresponsabilidades. De este presente, en fin, lleno de dudas y un presunto futuro incierto y colmado de desesperanza donde, paradójicamente, nuestra mayor preocupación - y no lo podemos ver-, es el destino de nuestros hijos. O al menos, en la mayor parte de los casos.
Y como he adelantado, es posible que el otro/a, tenga algo que ver, pero "algo". Cuanto mucho, "la mitad" no mas, pues en toda separación, fuere cual fuere el motivo de la misma, siempre las culpas son compartidas.
Quién no escuchó a un amigo/a en esa situación decir "En tantos años juntos, como no me dí cuenta!!!!!!." "Como pudo fingir lo que realmente sentía!!!!!".
Lo que no tomamos en cuenta, es que el otro/a, también se formula los mismos interrogantes. Sólo podemos ver y entender lo evidente: SOMOS LAS POBRES VÍCTIMAS DE UNA VIDA CRUEL, QUE SE EMPEÑÓ EN DESTRUÍRNOS.
Somos las víctimas? No existe la posibilidad de que seamos victimarios?
Así, en medio de esta lucha interior, en nuestro vano intento por minimizar nuestra responsabilidad, comienzan nuestras "actuaciones".
Muchos optan por "dar lástima". Y a quienes elegimos para mostrarnos como tales? Pues, a nuestros desprevenidos hijos. Y, no sólo actúa así, el que llamaremos "exiliado", sino también el que quedó a cargo de los menores. Porque, en puridad, ambos padres se sienten víctimas uno del otro. Y en medio de tanta culpa y reproche mutuos.... quedan ellos, los hijos.
Y sabes una cosa, amigo/a? Esto, también me ocurrió.Yo era el hijo.
Perdido o muerto el amor de pareja, no regresará. No será atacando al otro que habremos de arreglar nuestras diferencias (si aún es posible) y mucho menos cuando involucramos a los hijos en nuestros fracasos.
Ellos, sean infantes, púberes o adolescentes, no aceptan la mentira, saben sobre nosotros, reconocen si somos realmente buenos padres/madres, lo sienten en el corazón, sin importar lo que digamos del otro/a. Y tarde o temprano, no sólo buscarán la verdad, sino que, acertados o no, nos juzgarán.
No pretendamos ser " voz de su conciencia", tienen la propia.
Disfrutémolos, eduquémoslos, démosles amor. Respondamos a sus interrogantes, con la mayor sinceridad posible, pero recalcando siempre que, pase lo que pase, jamás dejaremos de ser papá y mamá, que siempre los amaremos aunque estemos forzosamente distanciados.
Porque nuestras acciones los marcarán. Nuestros buenos consejos y ejemplos les servirán y los asimilarán. Lamentablemente, nuestros odios, fracasos, disturbios, etc, también.



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